Me acuerdo que hace unos años, para insultar a alguien, se recurría a elementos cándidos.
Todo era muy vegetariano y relacionado con algo comestible.
La gente era bastante inocente, menos mal intencionada, más pacata, menos agresiva.
Era común decir éste es un "nabo", o un "papa frita", o un "zanahoria".
"¡Qué salame!", "¡Este es un chorizo!"
No hace mucho, hasta un actual Ministro utilizó uno de esos términos, para replicar a un renombrado periodista.
Era comùn decir "es un plandeleche" cuando alguien era muy bueno, y "qué vinagre" o "es un ají picante" cuando tenìa mal carácter y era muy malhumorado. "Se le subiò la mostaza", si se enojaba.
¿Era mejor, era menos natural, seríamos reprimidos, es mejor ahora?
"Boludo, pelotudo, cara de orto, mal cogida, pajero" son los insultos normales, hoy.
Si un niño, niña, adolescente o joven de hoy no tiene en su vocabulario diario un insulto es éstos, no sabe, o no puede comunicarse.
En cualquier conversaciòn normal, se utiliza ese léxico. Si no se insultan, no se entienden.
Si no lo usan, no pertenecen.
Es más que una costumbre.
En todos los ámbitos hay agresión, le ponemos epítetos a todo, y a todos.
Nos peleamos en el tránsito, en el trabajo, en la escuela, en casa, y hasta por internet.
No hablo de la "mala palabra", el insulto como recurso para enfatizar un escrito, o para demostrar enojo, rabia, o estados alterados.
Es una postura, cada vez más extendida, más aceptada y más característica de nuestra región y de nuestro paìs. Aunque sea importada.
No soy quién para decir qué está bien, o mal. No soy palabra autorizada, en nada.
Solo tengo derecho, a decir lo que pienso.
Y que se considere cada vez más como un recurso gracioso, ocurrente, una gran demostración de inteligencia, de rapidez mental, de "ser piola", me da mucha pena.
Es como perder la identidad.